¿Pero qué es la libertad?
¿Pero qué es la libertad?
He pasado gran parte de mi vida siendo
esclavo de algo, así que debería entender el significado de esta palabra. Desde
niño he luchado para que fuese mi tesoro más importante. Luché contra mis
padres, que querían que fuese ingeniero en vez de escritor.
Luché contra mis amigos en el colegio, que ya desde el principio me escogieron para ser víctima de sus bromas perversas, y sólo después de mucha sangre brotada de mi nariz y de la de ellos, sólo después de muchas tardes en las que tenía que esconderle a mi madre las cicatrices –porque era yo el que debía resolver mis problemas, y no ella–, conseguí demostrar que podía sobrellevar una paliza sin llorar.
Luché para conseguir un trabajo del que vivir, trabajé de repartidor en una ferretería, para librarme del famoso chantaje familiar, «nosotros te damos dinero, pero tienes que hacer esto y aquello».
Luché contra mis amigos en el colegio, que ya desde el principio me escogieron para ser víctima de sus bromas perversas, y sólo después de mucha sangre brotada de mi nariz y de la de ellos, sólo después de muchas tardes en las que tenía que esconderle a mi madre las cicatrices –porque era yo el que debía resolver mis problemas, y no ella–, conseguí demostrar que podía sobrellevar una paliza sin llorar.
Luché para conseguir un trabajo del que vivir, trabajé de repartidor en una ferretería, para librarme del famoso chantaje familiar, «nosotros te damos dinero, pero tienes que hacer esto y aquello».
Luché –aunque sin ningún resultado– por
la chica que amaba en la adolescencia y que también me amaba; acabó dejándome
porque sus padres la convencieron de que yo no tenía futuro.
Luché contra el ambiente hostil del
periodismo, mi siguiente empleo, donde el primer jefe me tuvo tres horas
esperando, y no me prestó atención hasta que empecé a romper en pedazos el libro
que estaba leyendo: me miró sorprendido, y vio que era una persona capaz de perseverar
y de enfrentarse al enemigo, cualidades esenciales para un buen reportero.
Luché por el ideal socialista, acabé en prisión, salí y seguí luchando, sintiéndome héroe de la clase obrera, hasta que escuché a los Beatles y decidí que era mucho más divertido disfrutar del rock que de Marx.
Luché por el amor de mi primera, mi segunda, mi tercera mujer. Luché para tener el valor de separarme de la primera, de la segunda y de la tercera, porque el amor no había resistido, y yo necesitaba seguir adelante, hasta encontrar a la persona venida a este mundo para conocerme, y no era ninguna de las tres.
Luché por el ideal socialista, acabé en prisión, salí y seguí luchando, sintiéndome héroe de la clase obrera, hasta que escuché a los Beatles y decidí que era mucho más divertido disfrutar del rock que de Marx.
Luché por el amor de mi primera, mi segunda, mi tercera mujer. Luché para tener el valor de separarme de la primera, de la segunda y de la tercera, porque el amor no había resistido, y yo necesitaba seguir adelante, hasta encontrar a la persona venida a este mundo para conocerme, y no era ninguna de las tres.
Luché para tener el valor de dejar el
trabajo en el periódico y lanzarme a la aventura de escribir un libro, incluso
sabiendo que en mi país no había nadie que pudiese vivir de la literatura. Desistí
al cabo de un año, después de más de mil páginas escritas, que parecían absolutamente
geniales porque ni yo mismo era capaz de comprenderlas.
Mientras luchaba, veía a personas
hablando en nombre de la libertad, y cuanto más defendían este derecho único,
más esclavas se mostraban de los deseos de sus padres, de un matrimonio en el
que prometían quedarse junto al otro «el resto de su vida», de la balanza, de
los regímenes para adelgazar, de los proyectos interrumpidos poe la mitad, de los amores a los
que no se podía decir «no» o «basta», de los fines de semana en que se veían
obligadas a comer con quien no deseaban.
Esclavas del lujo, de la apariencia del lujo, de la apariencia de la apariencia del lujo. Esclavas de una vida que no habían escogido, pero que habían decidido vivir porque alguien las había convencido de que era mejor para ellas.
Y así seguían en sus días y noches iguales, donde la aventura era una palabra en un libro o una imagen en la televisión siempre encendida, y cuando una puerta cualquiera se abría, siempre decían: «No me interesa, no me apetece.»
Esclavas del lujo, de la apariencia del lujo, de la apariencia de la apariencia del lujo. Esclavas de una vida que no habían escogido, pero que habían decidido vivir porque alguien las había convencido de que era mejor para ellas.
Y así seguían en sus días y noches iguales, donde la aventura era una palabra en un libro o una imagen en la televisión siempre encendida, y cuando una puerta cualquiera se abría, siempre decían: «No me interesa, no me apetece.»
¿Cómo podían saber si les apetecía o no
si nunca lo habían intentado? Pero era inútil preguntar: en verdad, tenían
miedo de cualquier cambio que viniese a sacudir el mundo al que estaban
acostumbradas.
El inspector dice que soy libre.
Libre soy ahora, y libre era dentro de prisión, porque la libertad aún sigue siendo lo que más aprecio en este mundo.
Claro que eso me llevó a beber vinos que no me gustaron, a hacer cosas que no debería haber hecho y que no volveré a repetir, a tener muchas cicatrices en mi cuerpo y en mi alma, a herir a alguna gente, a la cual acabé pidiendo perdón, en una época en la que comprendí que podía hacer cualquier cosa, excepto forzar a otra persona a seguirme en mi locura, en mi sed de vivir.
No me arrepiento de los momentos en los que sufrí, llevo mis cicatrices como si fueran medallas, sé que la libertad tiene un precio alto, tan alto como el precio de la esclavitud; la única diferencia es que pagas con placer y con una sonrisa, incluso cuando es una sonrisa manchada de lágrimas.
Libre soy ahora, y libre era dentro de prisión, porque la libertad aún sigue siendo lo que más aprecio en este mundo.
Claro que eso me llevó a beber vinos que no me gustaron, a hacer cosas que no debería haber hecho y que no volveré a repetir, a tener muchas cicatrices en mi cuerpo y en mi alma, a herir a alguna gente, a la cual acabé pidiendo perdón, en una época en la que comprendí que podía hacer cualquier cosa, excepto forzar a otra persona a seguirme en mi locura, en mi sed de vivir.
No me arrepiento de los momentos en los que sufrí, llevo mis cicatrices como si fueran medallas, sé que la libertad tiene un precio alto, tan alto como el precio de la esclavitud; la única diferencia es que pagas con placer y con una sonrisa, incluso cuando es una sonrisa manchada de lágrimas.
El Zahir
3 Comments:
A veces mas lagrimas que sonrisas, mas tristezas que alegrias, pero ese segundo de placer de hacer lo que se quiere, de ser libre como el viento, no tiene precio.
Y EL POST DEL FB SE PERDIO?????
la libertad es un examen que parece que siempre pospongo para una fecha proxima. aunque la libertad no solo es hacer o no hacer algo sino tambien un sentimiento interior profundo, resultado de un dialogo con uno mismo, donde la verdad tiene que ser el idioma a emplear. hoy la responsabilidad condiciona mi vida.
ayer cuando jovencito que era muy credulo, no creia en este modelo de vida atroz, pero llegue a pensar que estaba equivocado que tenia que amoldarme y nunca tuve a nadie que me dijera que tenia razon, siempre los concejos eran que tenia que reformarme y esforzarme por ser normal. hoy no lloro pero a veces me digo como no hubo nadie que me dijera que tenia razon, que era todo una mentira y una farsa. pero pese a que la corriente que va a contramano de lo bello es voraz, mi corazon aun late con la naturaleza, el cosmos y me da risa ver este drama teatral en que todo se confabula para que la libertad este cercenada y la servidumbre sea moneda corriente.
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